Octubre 15th, 2019
02/10/2019 - Musicales, Rolling Stones

Jessye Norman: la diva de voz sombría que cantó todo bien

Una presencia escénica inolvidable Fuente: AFP
1945-2019
En una época de especializaciones tabicadas, ella tuvo el coraje de convertirse en una diva -una de las más tremendas de la segunda mitad del siglo XX- que conquistaba repertorios de esos que casi todos quieren escuchar y también aquellos que ofrecen más resistencias. Para decirlo en pocas palabras, la soprano Jessye Norman fue una Carmen inolvidable, se aventuró en el jazz y, con las mismas armas, cantaba las canciones de Alban Berg o
Erwartung, de Arnold Schönberg. Anteayer, a los 74 años, Norman murió en un hospital de Nueva York a causa de un shock séptico y múltiples fallas en los órganos, derivadas de complicaciones de una lesión en la espina dorsal que sufrió en 2015. Arrastraba problemas de salud desde hacía tiempo, y esa fue también la causa de que suspendiera su gira sudamericana el año pasado.
Su presencia escénica era de esas que no se olvidan, pero todavía más impresionaba su voz. Habría que definirla como una soprano dramática (algunos puristas dirían falcon), aunque esta definición es escasa porque no era cuestión solamente de registro (no por nada podía hacer papeles de mezzo) sino sobre todo de timbre: su voz tenía la densidad del óleo, y esto hay que entenderlo de un modo bien pictórico. Su emisión tenía una naturalidad pasmosa, y no habrán escuchado -y pasará mucho hasta que vuelvan a escucharse- graves tan oscuros y expresivos. Norman era una especie de fuerza natural, y lo fue desde sus inicios.
Norman había nacido en Augusta, Georgia, y se formó inicialmente en la Howard University School of Music de Washington, DC. En 1968, ganó el primer premio del Concurso Internacional de Música de Múnich. Un año después, en diciembre de 1969, debutó en la Deutsche Oper, de Berlín, en el papel de Elisabeth, en
Tannhäuser. El apetito del repertorio, y su solvencia para afrontar poéticas disímiles, quedó ya claro en 1971, cuando cantó Aida en La Scala y Cassandra en
Les Troyens, de Hector Berlioz en el Covent Garden. En Estados Unidos, debutó hacia 1982 con el
Oedipus Rex, de Igor Stravinski, un título del que dejó además un versión memorable registrada en Japón con dirección de Siji Ozawa. Igualmente inolvidable fue su Judit en
El castillo de Barbazul de Béla Bartók, con Pierre Boulez, con quien dejó también lecturas de Berg (
Der Wein es un ejemplo perfecto), a las que es imposible no volver.
Tampoco fue ajena a la canción de cámara. Su Schubert (con Phillip Moll) fue tan escaso como necesario, y lo mismo vale para Amor y vida poeta y Liederkreis opus 39, de Robert Schumann. Pero acaso su brillo mayor lo alcanzó en las grabaciones de lieder de Brahms que hizo con Daniel Barenboim. Brahms le sentaba especialmente bien, incluso con orquesta, y eso lo sabe cualquier que haya escuchado la
Rapsodia para contralto coro masculino y orquesta, con Riccardo Muti.
Y tan bien como Brahms le sentaba Wagner. No habrá otra Kundry más tortuosa y sexy que la suya, y cuesta encontrar una “Muerte de amor” más desolada que la suya, aun cuando, inexplicablemente, no haya grabado jamás
Tristán e Isolda completo.
Coqueteó con los spirituals y con el jazz en el disco
Roots: My Life, My Song. Pero incluso allí “Blue Monk” depara un inesperado asombro: Norman no canta ninguna letra, canturrea distraídamente el tema de Thelonious Monk con un acompañamiento mínimo, el del contrabajista es Ira Coleman. Hay además un video en el que se puede ver cómo Joan La Barbara le enseña a Norman, ya grande, a cantar
Song Book, de John Cage.
Era una diva que parecía venir de una era casi mitológica. Ahí no hay repertorio que valga: lo que se extraña es una voz, y el modo en el que el tiempo la volvió sabia.
Por:
Pablo Gianera

Nota original de RollingStones

También te puede interesar: