Julio 17th, 2019
30/06/2019 - Musicales, Rolling Stones

Una jueza de 86 años, ícono del pop

Ruth Bader Ginsburg tiene 86 años, integra la Corte Suprema de Estados Unidos y defiende los derechos de las mujeres y de las minorías. Es amada por las millennials. “Ellas están empujando nuevas fronteras y se dan cuenta de la importancia que ha tenido el trabajo de Ruth durante 40 años”, dice una
Tres adolescentes esperan hace cinco horas en la puerta de la Facultad de Derecho solo para poder sacarse una selfie con su heroína:
Ruth Bader Ginsburg, una jueza de 86 años, miembro de la Corte Suprema de Estados Unidos. Esta abuela de gafas enormes y 1,55 metros de estatura -con su imagen tan alejada de la típica estrella de rock, despierta pasiones entre los millennials- logró convertirse en un ícono pop indiscutible para muchas generaciones. Su cara se reproduce en tazas, remeras y hasta tatuajes. Los jóvenes hacen filas eternas para escucharla hablar y algunas mujeres se visten como ella en las fiestas de disfraces.
Con 40 años de carrera en el sistema judicial de Estados Unidos, la figura de Bader Ginsburg obtuvo especial relevancia internacional debido a la ola feminista actual, que rescata su importante rol en la lucha por los derechos de las mujeres. Este año, llegó a los cines
La voz de la igualdad, una biopic sobre la jueza, y RBG, un documental sobre Ginsburg nominado en la última edición de los Oscar, que se estrenó en Videocamp el mes pasado y desde el miércoles podrá verse en iTunes y Google Play.
El documental sobre Ginsburg fue nominado este año al Oscar
“Ruth se convirtió en una figura cultural importante. Hay remeras de ella y hasta fotos de superhéroes con su cara -le cuenta a LA NACION
revista la periodista estadounidense Betsy West, directora del documental junto con Julie Cohen-. En esa época, 2013, ya la habíamos entrevistado y creíamos que en la historia de ella había mucho más que solo su rol en la Corte Suprema. Sabíamos que ella había tenido un papel crucial en los 70, ganando derechos igualitarios para mujeres estadounidenses y también sabíamos que ella tenía una historia muy interesante. Pensamos que sería un documental genial y quisimos intentarlo”.
Hija de un ucraniano de Odessa, Ruth Bader Ginsburg nació en 1933 en Brooklyn, Estados Unidos, dentro de una humilde familia judía. Su madre, Celia, murió cuando ella tenía solo 17 años, pero fue quien le enseñó desde pequeña la importancia del estudio y la perseverancia. Al terminar la secundaria, Ruth obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Cornell, donde conoció a Marty Ginsburg, quien luego sería su marido y el amor de toda su vida. A los 22 años, dio a luz a su primera hija, Jane, y al año siguiente, en 1956, entró junto con Marty en la Escuela de Derecho de Harvard.

Ruth Bader Ginsburg era una de las nueve mujeres que había entre los 500 estudiantes de su camada en Harvard. “En primer año de la carrera, se hacía la famosa cena del decano con las estudiantes mujeres. Allí, cada una de nosotras tenía que pararse y explicarle por qué estábamos ocupando un lugar que podría ser para un hombre”, recuerda Ginsburg en el reciente documental.
Para su segundo año de la carrera, Ruth ya era una de las 25 mejores estudiantes. Al año siguiente, su marido enfermó de un cáncer muy violento que lo dejó un largo tiempo en cama. Ruth comenzó no solo a estudiar sus materias, sino también a copiar los apuntes de las clases de Marty y a cuidar a la niña de ambos.
Comenzaron a comercializarse remeras y tazas con su cara, e incluso le dieron el apodo de Notorius RBG
“Ella tuvo muchos desafíos en su vida, empezando por la muerte de su madre cuando tenía 17 años y la discriminación que enfrentó como mujer joven intentando convertirse en abogada. Pero su manera de encarar eso fue optimista, alguien que aprendió de su madre cómo perseverar a pesar de los grandes desafíos. Ella mira siempre el lado luminoso de las cosas”, opina Betsy West, directora de RBG.
Una vez curado de la enfermedad, su marido consiguió un trabajo de abogado en Nueva York y ambos se instalaron allí. Finalmente, Ruth terminó sus estudios de abogacía en 1959, en la Escuela de Derecho de la Universidad de Columbia.
Un camino inédito
A pesar de tener un promedio excepcional y ser la primera de su clase, Ruth Ginsburg no consiguió trabajo en ninguna firma de abogados de Nueva York por su política de no contratar abogadas mujeres. En esos años comenzaba a tomar fuerza en los Estados Unidos la llamada
segunda ola del feminismo, un movimiento que incorporó reclamos y debates sobre la igualdad de género en temas como el trabajo, la sexualidad y la familia, además de denunciar la violencia doméstica.
En 1970 existían en Estados Unidos diversas leyes y legislaciones que ponían a la mujer como ciudadanas de segunda clase en muchos aspectos: en la mayoría de los Estados, los empleadores podían despedir legalmente a una mujer por estar embarazada, los bancos tenían permitido pedir la firma del marido para otorgarle un crédito a una mujer y, en general, la violación dentro del matrimonio no implicaba un procesamiento.
En ese contexto, durante 1972, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles convocó a Ruth junto con otras juristas para fundar la sección de derechos de la mujer. Fue allí que Ginsburg defendió por primera vez un caso ante la Corte Suprema de Estados Unidos. Ella representó a Sharon Frontiero, una teniente de la Fuerza Aérea que reclamaba poder entregarle beneficios médicos y de vivienda a su marido, al igual que sus compañeros hombres se los entregaban a sus esposas.
“Estaba muy nerviosa. Miré a los jueces y sabía que estaba ante hombres que no reconocían la discriminación por sexo. Yo necesitaba demostrarles que existía -confiesa Ginsburg en RBG-. Luego de mi exposición, no hubo ninguna pregunta. En un momento me pregunté si solo estaban siendo indulgentes y no me prestaban atención, o si les estaba diciendo algo que nunca habían escuchado”.
Ginsburg ganó el juicio, en el que quedó asentado que los beneficios brindados por el ejército de Estados Unidos a la familia de los miembros del servicio no se pueden otorgar de manera diferente debido al género. Durante esos años, la jueza ganó cinco de los seis casos que defendió ante la Corte Suprema de su país.
En 1980, el entonces presidente Jimmy Carter nombró a Ginsburg jueza del Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia, cargo en el que se desempeñó durante 13 años hasta que, en 1993, Bill Clinton la nominó para la Corte Suprema de Justicia, donde se convirtió en la segunda mujer de la historia estadounidense en ocupar una banca.
Se dijo que durante esos años fue su marido, Marty Ginsburg, quien movió cielo y tierra entre sus contactos para conseguirle a Ruth el anhelado puesto en el máximo tribunal. Sin embargo, el mismo expresidente Bill Clinton cuenta en el documental que su decisión final poco tuvo que ver con eso: “Su marido no era el único que estaba promoviendo un candidato para la Corte. Él tenía una posición fuerte, pero fue la entrevista con ella lo que cambió todo. Vino a la Casa Blanca, comenzamos a hablar y al poco tiempo éramos dos personas teniendo una conversación honesta sobre el presente y el futuro de la ley. Literalmente, después de 15 minutos decidí que iba a elegirla”.
La
rapera del Poder Judicial
Ruth Ginsburg, ya como miembro de la Corte, se convirtió en una voz disidente, representando a la minoría liberal dentro de ese órgano históricamente conservador. En 2013, su trabajo tomó mayor relevancia cuando decidió disentir con la opinión mayoritaria de la Corte, que resolvía suprimir un artículo de una ley pensada para evitar la discriminación racial en el voto. “La discriminación racial en el voto aún existe. La decisión del Supremo es deshacerte del paraguas en medio de una tormenta solo porque no te estás mojando”, dijo la jueza.
Ese discurso se volvió viral y ella se convirtió en
trending topic en las redes sociales. Se hicieron memes e ilustraciones sobre Ruth, comenzaron a comercializarse remeras y tazas con su cara e incluso le dieron el apodo de Notorius RBG, haciendo un juego de palabras con Notorius BIG, el nombre de uno de los raperos actuales más famosos de Estados Unidos. Inspiradas por ella, dos jóvenes crearon un blog para contar todas las novedades de la jueza y en 2015, publicaron el libro Notorius RBG, que se convirtió en best seller.
¿Por qué su fama se dio hoy a pesar de sus más de 40 años de trabajo? Según Julie Cohen, directora del documental RBG, “la razón es que ella tiene un rol muy fuerte en la Corte Suprema, que es un cuerpo mucho más conservador que cuando ella comenzó, y se convirtió en una voz de disenso. Cuando ella comenzó con su trabajo, nadie estaba prestando atención. Ahora, muchas mujeres están empujando nuevas fronteras en los derechos femeninos y están mirando la historia y se dan cuenta de la importancia del trabajo de Ruth. Además, hay algo muy notable en una pequeña abuela de 86 años con una voz tan suave. La idea de que alguien puede ser pequeña, anciana y mujer, pero también ser tan poderosa. Creo que eso les gusta mucho a las mujeres, esa yuxtaposición”.
Gran parte de esa energía puede verse a lo largo del documental. Cual rockstar, Ginsburg llena cualquier auditorio donde se acerca a dar una charla, firma autógrafos y se saca
selfies con sus fans. En su tiempo libre, dedica tiempo a la ópera -otra de sus grandes pasiones- y lleva una exigente rutina de entrenamiento junto con un personal trainer.
“No podíamos creer estar ahí y mirarla entrenar -cuenta la directora Betsy West sobre la experiencia de filmarla en el gimnasio para una de las escenas del documental-. Estábamos en una esquina intentando estar alejadas de la cámara. Y de repente, ella entra usando una remera que dice Super Diva. No nos miró, no mira a la cámara, solo prestaba atención a su entrenador. Fue un entrenamiento muy duro y no creo que yo pueda hacerlo. De hecho, me inspiró para empezar a entrenar más luego de ver lo que ella hace”.
Como toda figura de alta exposición, Ruth Ginsburg genera pasiones y rechazos. Periodistas, pensadores y ciudadanos, que no están de acuerdo con su postura más liberal, llegaron a llamarla “bruja” y una “desgracia para la Corte Suprema”. A pesar de su larga trayectoria, su trabajo como jueza del máximo tribunal tomó mayor relevancia durante la presidencia de Trump, con quien no comparte su visión política. La hipótesis de que Ginsburg enferme o deje su cargo preocupa a los sectores más progresistas, ya que el presidente Trump podría nombrar en su lugar a un juez más afín a sus ideas.
Estos fantasmas se agitaron en diciembre de 2018, mes en el que Ginsburg fue operada de un cáncer -el tercero a lo largo de su vida-, aunque al poco tiempo de recuperación, volvió a ocupar su banca. “Mucha gente de su edad que tuviera una cirugía no querría volver al trabajo. Ella está en una posición muy particular por su rol en la Corte. Ella sabe que quien la suplante probablemente no comparta su visión sobre la Constitución y se aleje de la dirección que ella toma. Entonces, creo que tiene una motivación muy fuerte para seguir. Luego de tomarse unas semanas, volvió a la Corte inmediatamente, quiso mostrar que sigue trabajando y enfocada en los casos. Hablamos con su familia y amigos y sabemos que ella está muy bien y que su energía y determinación características la ayudaron a luchar contra este reciente cáncer”, explica la directora Julie Cohen.
Cuando en entrevistas o charlas le preguntan a Ruth Ginsburg si tiene pensado renunciar, ella responde: “Muchas personas me lo han preguntado. Pero mientras pueda seguir haciendo mi trabajo a todo vapor, seguiré aquí”.
Por:
Aye Iñigo

Nota original de RollingStones

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