Agosto 23rd, 2019
25/04/2019 - Musicales, Rolling Stones

Lola Flores: una vida atravesada por la pasión, la pobreza y los excesos

Lola Flores
Aceptaste esta cena conmigo porque necesitás dinero, ¿verdad?”, preguntó el hombre mayor aquella noche de enero a la veinteañera en un lujoso restaurante. “Sí. ¡Y que le alcance para comer hasta fin de año a toda mi familia!”, le contestó ella. Él la dejó sola un momento y cuando volvió puso una montaña de dinero sobre su mesa. Ella se quedó congelada y tomó conciencia del paso que había dado. “Ahí lo tienes, -dijo el hombre-, vámonos ya a la cama”. “No, perdona, hoy no puedo ir contigo a ningún lado. Pero te doy mi palabra de honor que mañana nos encontramos”. Ella tomó los fajos de billetes, dejó un plato de caviar sin tocar y salió corriendo del lugar. Al llegar a su humilde casa, dio vuelta su cartera sobre la mesa en la que sus padres bebían un caldo como único alimento. “Nunca me pregunten de dónde he sacado esto”. “Los ojos de mis padres se llenaron de lágrimas. Luego, tratando de conciliar el sueño, supe que les estaba devolviendo el dinero por el cual ellos vendieron su negocio, para que yo fuera artista. Al día siguiente, acudí a un hotel céntrico donde el obsesivo ricachón me había citado y pagué con mi cuerpo la deuda contraída”.
Nació en Jerez de la Frontera y como no podía ser de otra manera, en la Calle del Sol, un mediodía de domingo. Más precisamente el 23 de enero de 1923, aunque ella jamás confesó el año y prefirió decir: “Un 23 de enero de hace 250 años… Na más que pa ganarle a los que siempre te agregan años”. Abajo, en La Fe de Pedro Flores, la taberna que tenía el padre, un parroquiano tocaba una marcha real en su acordeón, porque “en la pieza de arriba, estaba naciendo una reina”. La comadrona le avisó a Pedro que ya podía subir y Rosario, con todo el brío que le daba su raza gitana, alzó en brazos a su pequeña y le dijo a su marido: “Mira que guapa es María Dolores”. Él, que nunca había alzado un niño, la tomó en sus brazos, la observó un largo rato, le dio un beso en la frente y le dijo: “Bienvenida, Lola”. Allí, paradita sobre el mostrador de la taberna, a los 5 años, Lola cantaba las coplas de los artistas de moda, Imperio Argentina y Carlos Gardel. Si no la aplaudían, se tiraba al suelo y se ponía a llorar hasta que arrancara un aplauso. Algunos con mejor oído, le decían al padre: “Perico, esta niña te va a hacer rico”. “De esa época es una foto que tengo vestida de andaluza y mirando a la cámara con cara de artista consagrada. Como a mí no me contaron cuentitos, me dormía imaginando que alrededor de mi cama me bailaban gitanillas, junto a las grandes del Ballet Ruso”.
En esas callecitas de su infancia tuvo su primera escuela. La que después fuera la artista más completa del canto y el baile español, observó cómo movían sus manos, sus brazos y sus cuerpos los gitanos al bailar. Y allí aprendió a reconocer las voces puras del canto, a través de gargantas roncas por el alcohol barato, en noches de fiesta que terminaban con la salida del sol. Algo que la marcaría de por vida, porque nada le daba más placer que luego de agotadores shows en grandes teatros, siguiera el baile y el canto, toda la madrugada, en su casa, en familia y con amigos. El hambre corrió a los Flores de ese pueblo y se fueron a Sevilla, pero luego de un tiempo de lucha en la gran ciudad volvieron a Jerez y fueron a vivir “de prestado” a una pequeña casa de dos habitaciones, que compartían con familiares. Como el abuelo trabajaba de noche llevando verduras a los mercados, cuando volvía a su casa a las 6 de la mañana, ellos tenían que levantarse para devolverle su habitación. Cuando nació su único hermano varón, Lola tuvo que dejar la escuela para cuidarlo, ya que su madre había conseguido trabajo de costurera. A cambio de eso, y convencida de que su hija iba a ser una gran artista, la “premió” inscribiéndola para tomar clases con un maestro de baile “muy respetado pero con un pequeño problemilla, era cojo”. El hombre, que se había hecho un zapato con plataforma de corcho y la había pintado de negro, supo ver las condiciones en la niña y le enseñó los secretos del arte flamenco.
“Virgen hay una sola, y no soy yo, es la Virgen María” Fuente: Archivo
Cuando tenía 13 años, llegó al mundo su hermana Carmen, para ese entonces ella hacía pequeños trabajos en escenarios. En su primera incursión en un teatro, conoció en los camarines a la estrella del espectáculo, su ídolo, el excepcional cantaor Manolo Caracol. “Al darme la mano, algo muy fuerte sacudió mi cuerpo y mi sentido”. Días después, el artista le pedía permiso al padre para llevar a la adolescente en una gira por los pueblos. Rosario acompañó a su hija como condición, formando una dupla viajera que años más tarde las llevaría, por ejemplo, a New York. Pero por el momento, en la gira por los pueblos, se actuaba en lugares improvisados y la mayoría de las veces la compañía tenía que usar establos como camarines. “Nos vestíamos entre cerdos y gallinas, y poníamos los caballos y las mulas en la puerta para que no entre nadie. Un día, la bailaora principal no pudo hacer función porque una cabra le había comido un zapato y tuve que salir dos veces!”. En esa compañía tuvo su primer pretendiente y en uno de los viajes en que mamá no pudo acompañarla, perdió la virginidad a manos de aquel guitarrista “que tocaba como nadie”. De esa experiencia, le quedaría un dolor, su primer aborto. Un productor, de los que solían aparecer en esa época, le ofreció un papelito en cine y los Flores decidieron vender el nuevo bar que habían instalado y permanecer juntos como familia en Madrid. El poco dinero que le pagaron con la película se esfumó junto al producto de la venta del bar y la miseria volvió a cercarlos. Fue entonces que a Rosario se le ocurrió probar las dotes de actriz de ella y de su hija. Se vistieron de negro de pies a cabeza y enlutadas, comenzaron a tocar los timbres de las casas lujosas de Madrid. Al abrir las puertas, veían a estas dos mujeres llorando y a “la viuda” que pedía una moneda para poder darle cristiana sepultura al marido “fallecido ese día”. Con lo recaudado, volvían a casa y comían un guiso que “el difunto”, ajeno a todo, adornaba con tintillo. En ese marco, es que Lola, cansada de ver sufrir a sus padres, accede a los deseos de su obsesivo admirador, como relatamos en el comienzo. Pero el hombre no se conformó con una sola noche de amor y le ofreció a Lola el dinero que pidiera, su mansión, un auto, lo que ella quisiera. Y ella quiso trabajo. Le pidió que le produzca un espectáculo, con ella como estrella principal y que contratara a su artista favorito, Manolo Caracol.
No se equivocaba. Ese sería el nacimiento de la dupla más exitosa de la época. Juntos, la gitana torbellino y el prestigioso cantaor, protagonizaron durante 5 años un espectáculo que hizo historia. E inevitablemente tuvieron su propia historia.

La faraona
“Ya en los ensayos yo sentía un mareo, estaba ciega, como si tirara de mi un enorme imán que me arrastraba. Me di cuenta de que de alguna manera estaba enamorada de él desde chica, cuando cantaba sus canciones, paradita en el mostrador. La pasión nos quemaba a los dos y ni siquiera me importaba ese hombre que estaba a mi lado y había cumplido el sueño de mi espectáculo propio”.
El empresario, enamorado aún de Lola, entró imprevistamente al camarín de ella y la encontró semidesnuda, con Manolo, desatando su pasión. El cantante, mujeriego empedernido y experto en situaciones comprometidas, le dijo: “No es lo que piensa amigo, es que a estas potrancas jerezanas, hay que domarlas antes de salir a escena”. Horas después los dos artistas se convertían en sus propios empresarios y el generoso señor, desaparecía de la faz de la Tierra. La gente llenaba los teatros, no sólo para ver a dos grandes artistas, sino a esta pareja que demostraba que la pasión era posible. “Vivíamos una vida violenta y maravillosa. Noches de vino y canto. Éramos los dioses de la madrugada. Amanecíamos viendo el sol como dos adolescentes, a pesar de que él me llevaba 20 años. Si pasábamos por una joyería y yo me hacía la que no quería mirar las vidrieras, me decía: ¡Anda, entra a comprar ese brillante! También tengo que decir que entraba como una cordera, compraba el brillante que más me gustaba y… lo pagaba de mi bolsillo”. Con el éxito de esa gira, Lola se compró no sólo buenas alhajas, sino dos departamentos, uno para ella y otro para sus padres y hermanos. No había fiesta en la noche madrileña que no soñara contar con la pareja. En una ocasión, hicieron una entrada espectacular a una fiesta en la que estaba la gente más elegante de Madrid. Lola apareció con un fabuloso abrigo de astracán negro, el pelo azabache suelto y dos enormes argollas de brillantes colgando de sus orejas. Cuando el mozo preguntó a ella qué quería, Lola respondió a viva voz: “Quiero cebolla cruda, que es lo mejor para el pelo”. Pero como suele darse en pasiones tan intensas, las peleas eran tan corrientes como hacer el amor y se corría el rumor de que él había comenzado a pegarle. Llegó a decirle que su madre no la había parido y que era hija de una gitana. Enloquecida, viajó a Jerez a ubicar a la comadrona, quien la tranquilizó ante tamaño disparate. En medio de ese vendaval, volvió a quedar embarazada y volvió a abortar. “Me quité un par de embarazos y lo hice a conciencia, porque no quería parir hijos sin casarme por la Iglesia y ofrecer un hogar a mi familia. En mi primer aborto, mi cuerpo se llenó de un dolor extraño y la boca de un sabor amargo, que no olvidaré mientras viva”. Su hermano varón, que percibía el maltrato, estaba totalmente en contra de la relación.
“Una noche fui al cine con Manolo, mientras mi hermano se reponía de una apendicitis. En un momento me levanté de la butaca atravesada por un negro presentimiento y le dije a Manolo que teníamos que volver a la clínica. Al llegar, una enfermera nos dijo que había fallecido. Me volví loca. Pedí permiso para llevarme el cuerpo en una ambulancia y cuando lo estábamos bajando en casa, oigo a mi hermano decir Cuidado, me van a hacer caer… ¡Estaba vivo! Pasé cuatro días junto a él y me imploró que terminara la relación con Manolo. En un momento que me retiré a dormir, me avisaron que había muerto. Tenía tan sólo 17 años y yo había dejado la escuela para criarlo. Volví al teatro, pero ya la venda se me había caído y nadie imaginaba lo que sufría frente a aquel hombre que ya había terminado para mí”. La separación le abrió a Lola las puertas del mundo, ya que partió en gira de 19 meses por América. Desde New York a Buenos Aires, los públicos la convirtieron en ídolo. Viajó con toda la familia, más el canario del padre, la tabla de lavar y bultos y valijas en donde las partituras se mezclaban con los garbanzos y el jamón de Jabugo. En Estados Unidos, la revista Time la tituló “Lady of Spain”. La noche de su estreno en México, estaban en la platea estrellas internacionales como Ginger Rogers, Cyd Charisse, Vittorio Gassman y el “local”, Ricardo Montalbán, que había triunfado en Hollywood y años después hizo la serie
La isla de la fantasía. A pesar de que ella se hizo muy amiga de Cantinflas, quien le enseñó a nadar, fue con Montalbán con quien vivió un intenso romance en suelo azteca. Buenos Aires se rindió a sus pies y a su bata de cola, en un romance público-artista que duraría de por vida. Claro que no fue su único romance aquí, porque todo el mundo se enteró de que pasó dos días enteros encerrada en un cuarto de hotel con el galán del momento, Carlos Thompson.
Lola Flores
“Yo me sentía libre y no tenía que dar cuentas a nadie. Y, además, virgen sólo ha habido una y no he sido yo, sino la Virgen María”. Para su debut en la Avenida de Mayo, Miguel de Molina le hizo una impresionante escenografía, formando las banderas de España y Argentina, con infinidad de mantones de Manila. Cuando llegó a La Habana, compartió escenario con el astro francés Maurice Chevalier y también una habitación de hotel, aunque no llegaron a concretar nada, porque luego de que Chevalier le sirviera varias copas de champagne, ella se descompuso. En el baño, a punto de desmayarse de sueño, se fabricó con su pollera un cinturón de castidad para asegurarse de que él no la iba a violar. Al despertar al día siguiente, ella ocupaba toda la cama y el ídolo de tantas mujeres dormía en el sofá. En otra ocasión, en Venecia, Vittorio de Sica la invitó a comer. Cuando ella llegó, encontró que en la mesa estaba Aristóteles Onassis, pero Lola estaba ilusionada con el gran director italiano. En medio de la comida, sintió que una pierna rozaba insistentemente la suya y halagada, le hizo una seductora sonrisa a de Sica. Más tarde, una mano le acarició los muslos y ella comprobó con horror que el italiano tenía sus dos manos sobre la mesa. El que la había estado tocando toda la noche era el millonario griego, por quien ella no se hubiera dejado tocar un pelo. Es que para ese entonces, Lola estallaba de pasión por un jugador del Barcelona, que estaba de novio con la sobrina de un cura. Ella tomaba una habitación con su secretario en el mismo hotel donde estaba concentrado el equipo y luego los hombres hacían “el cambiazo”. Un día, ella lo llamó a su casa y la empleada le dijo: “El señó no está es se está casando”. Nada más temible que una venganza de mujer… ¡y gitana! Lola sedujo inmediatamente a una estrella del equipo rival, el Atlético de Madrid, y el jugador enloqueció hasta tal punto, que el director técnico se reunió con ella para acusarla del bajo rendimiento del goleador. Luego juntos partieron a México, donde Lola tenía que actuar y ella misma se hizo cargo de pagar la multa que el club impuso al jugador, tan alta, que ni él mismo la podía pagar. Después fueron a París y cuando la pasión con el jugador se iba apagando, apareció en escena un astro de Hollywood, Gary Cooper, quien todas las noches la visitaba en el camarín del teatro Olimpia. Como el jugador era muy celoso, ambos acordaron que ella lo iría a visitar por la mañana a su hotel. Una vez en la habitación, cuando el imponente Cooper comenzó a desatar el lazo de su bata, ella salió corriendo ante el pánico de tener sexo con un hombre tan extremadamente alto. Llegó llorando a su hotel y abrazó al jugador que aún dormía. “Asustado, me preguntó qué pasaba y yo que siempre he tenido mucha rapidez para improvisar, le dije que había salido a comprar unos zapatos y había visto cómo un auto atropellaba a una moto y los que iban en ella salieron despedidos por los aires, para luego caer debajo de las ruedas del auto. Pero el final de la relación estaba cantado, porque además Lola estaba sintiendo cositas por un músico de su espectáculo.
“Con el jugador del Atlético cometimos un tremendo error -dijo años después-, él era casado y no se puede deshacer un hogar como lo hice yo. Es preferible sacrificarse una y no hacer sufrir a los demás. Aunque él volvió a su hogar, públicamente le pido perdón a su señora”. Antonio González, “El Pescaílla”, era un gran artista, uno de los mejores guitarristas de España. “Cuando empecé a actuar con Antonio, intuí que algo grande iba a cambiar en mi vida. Cuando yo lo miraba, él me estaba mirando y en esos segundos, me sentía la mujer más feliz del mundo”. Luego de noviar unos meses, él le dijo: “Lola, tengo que hablar contigo muy claro. Yo te conozco muy bien y no te vas a reír de mí como lo has hecho con otros. Te doy 20 días de plazo, o te casas conmigo o esto se ha terminado”. No terminó de darle el “sí” y Lola estaba llamando a su abogado para hacer la separación de bienes “como Dios manda”. “Lo hicimos antes de casarnos, porque el amor aparte, yo estaba muy bien aconsejada. Y así como él trajo al matrimonio su patrimonio entero, su guitarra, debió renunciar a mis casas, mis alhajas, mis bienes”. Cuando se casaron, llevaba un vestido de encaje y mantilla en gris perla y estaba embarazada de tres meses de su hija Lolita. La ceremonia fue en el Monasterio de El Escorial y, como Manolo Caracol, aún enamorado, había amenazado con impedirla, tuvo que realizarse a las 6 de la mañana, con un reducido grupo de invitados. En un banquete al mediodía, Lola declaró a la prensa: “Yo creo que seré feliz, me caso con un artista y tenemos la misma sensibilidad. No estaría tan segura si me casara con un médico, porque me aburriría mucho oírlo hablar durante horas de microbios y esas cosillas”. Y tenía razón, tuvieron 3 hijos, los 3 artistas y vivieron 38 años juntos, hasta que la muerte los separó.
“Mira Sara, tengo un bulto aquí en un pecho”, le dijo a la Montiel en un ensayo. “Con Sara nos reíamos siempre de todo, pero ese día se puso muy seria y me contestó: ‘Lola, por favor, eso no te lo dejes, tienes que ir ya mismo a un médico’. Fui a uno que me recomendaron y lo primero que me soltó fue ‘tengo que sacarle un pecho’.” Quedó traumatizada; para cualquier mujer es un drama terrible que la mutilen. Y mucho más a ella, que era un torrente de sensualidad y erotismo en los escenarios. “Antes muerta que mutilar mi cuerpo”, sentenció a sus 49 años. “Me enojé mucho con Dios y le pedí que me llevara, porque la degradación de Lola Flores no iba a poder soportarla”. Por esos días había una procesión de la Virgen de Fátima y le pidió a una condesa amiga que la acompañe. En el camino se tomó una botella entera de ginebra para darse fuerzas y cuando se enfrentó a la virgen, se tiró de rodillas ante ella, al grito de: “¡Sálvame! ¡Sálvame! ¡Sálvame!”. Al día siguiente y en medio de una desesperación total, acudió al médico que la había asistido durante la gestación de sus hijos. El doctor, luego de una serie de estudios, le dijo la frase que le devolvió el alma al cuerpo: “No temas Lola, no te voy a sacar el pecho, solamente voy a sacarte el quiste”. La operación fue exitosa porque no tenía ramificaciones, pero a los dos meses aparecieron otros seis quistes y hubo que tratarlos con quimioterapia y radiación.
“Me ponían la quimio y al día siguiente, desfalleciente, pero con la cabeza en alto, salía a comerme el escenario. Perdí pelo, pero no mucho. Para mí, lo más fuerte ha sido lo de las cortisonas, engordé 14 kilos y lo pasé fatal. Me iba al bingo con la cara hinchada y las mujeres decían por lo bajo ‘la Lola se ha puesto silicona en la cara para parecer más joven’. ¡Qué silicona…!
Lo que no saben es la fuerza de voluntad que llevo dentro”. A las pocas semanas, en un accidente automovilístico, muere Manolo Caracol, su inolvidable coestrella y el hombre que después de años de una tempestuosa relación no se resignaba por haberla perdido. “Todos esperaban verme llorando junto al cajón, como una Magdalena, pero no fui, guardé el luto entre las cuatro paredes de mi esqueleto. Después, sola y sin que nadie sepa, fui al cementerio. Me senté a su vera, le ordené las flores y llevándome las manos a mi pecho enfermo, le dije cara a cara: ‘Caracol, déjame en paz, por Dios. No me quieras tanto, no me quieras llevar tan pronto contigo. Olvídame, Caracol, olvídame'”. La primera gira internacional luego de la cirugía la trajo nuevamente a Buenos Aires, donde era una de las estrellas internacionales más esperadas. “Recién operada en una axila, debuté en el teatro Ópera y moví el mantón y bailé con una bata de cola que pesaba 20 kilos”. Pero en ese entonces y por más de dos décadas, jamás mencionó la palabra cáncer, para ella era una palabra tabú. Y esas ganas de vivir y de dar más a su familia y a su público, hicieron que la vida siguiera su curso.
UN POTRO DESBOCAO

“Torbellino de colores, que no hay en el mundo una flor, que el viento mueva mejor, que se mueve la Lola Flores!”.
Mientras un poeta le dedicaba esta frase, en toda España proyectaban su nueva película y la gente concurría masivamente a los cines. En aquel film, Lola hacía un cuadro musical cantando Ay, pena penita pena. Al terminar la canción, el cine estalló en aplausos y durante la escena siguiente, se armó una batahola reclamando al proyectorista que vuelva el rollo atrás y pase repetidamente la canción. Sin embargo, el que le ofrecieran películas musicales y no la consideraran como actriz fue una espina que siempre tuvo clavada. “Yo quiero hacer los papeles trágicos que le dan a Anna Magnani”, solía quejarse. “Quiero ganarme un premio a la mejor actriz”. Mientras tanto, otra diva del cine hollywoodense, la extraordinaria Ava Gardner, mujer de Frank Sinatra, declaraba al llegar a Madrid: “Yo quisiera ser Lola Flores”. Es que los grandes del espectáculo mundial estaban al tanto de ese fenómeno sobrenatural que había dado España. Durante una temporada en un teatro en New York, el prestigioso diario The New York Times ponía a su excelente crítica un título que a ella no le gustó, pero que la definía: “Lola Flores: no baila, no canta, no deje de verla”. Otro mito del espectáculo mundial, Edith Piaf, tomando a Lola de ambas manos y mirándola a sus ojos, le confesaba: “Me emociono al verla bailar, porque usted tiene algo interior que electriza y que transmite a los demás”. “La Piaf era bajita -contaba Lola- con muchas várices en las piernas, por eso usaba medias negras tan tupidas y vestidos tan largos. Era más bien fea, pero cuando cantaba se transformaba en una mujer bellísima”.
En España, Lola se llevaba bien con casi todas las estrellas, aunque como buena derrochona que era, la irritaban algunas colegas avaras. “Tengo amigas en la profesión que ganan fortunas, tienen alhajas, no tienen hijos y te meten un huevo frito que les sobró en la heladera para el día siguiente. Yo no soy avara, mi heladera siempre está llena. En mi casa siempre se hace comida para más gente, por si acaso. Cuando alguien llega, lo primero que pregunto es ¿’has comido?’. Me gustan los amigos ‘cómodos’, esos que no hay que preguntarles ‘¿quieres que te sirva un té?’. Me gustan los amigos que comen en mi cocina y a los que puedo decirle ‘Hala, me voy a dormir'”. Y esos amigos incluían vecinos como Audrey Hepburn, Soraya o Sean Connery, mezclados en “Los Gitanillos” -su mansión de Marbella- con Camarón de la Isla, Paco de Lucía o Manuel Benítez “El Cordobés”. “Los artistas hacemos vida de millonarios, sin serlo. Mis padres estuvieron a mi cargo hasta último momento y la gente que ha vivido a mi alrededor siempre lo ha pasado muy bien conmigo, nunca les ha faltado nada.
En mi casa suena el teléfono cada tres minutos y la mayoría de las veces es gente que necesita algo. Y yo lo atiendo, porque soy una artista que soy sólo “diva” en el escenario, en mi casa “normalita”, soy madre de mis hijos, amiga de mis amigos y eso que veo en otras, que son estrellas desde que se levantan hasta que se acuestan, a mí me da mucha risa y las compadezco. Cuando no trabajo me gusta ir al cine o las tragamonedas y aunque nunca me toca ganar, sigo firme al pie del cañón, un día va a caer esa breva. Las maquinitas me relajan y me quitan cosas de la cabeza. Al hacer crisis mi vida matrimonial, culpa de aquella desvergonzada con vestidos apretados que provocaba a mi marido entre bastidores, me distraía en las máquinas ‘tragaperras’, me pasaba horas y horas jugando. De ahí pasé a la ruleta y de la ruleta al baccarat, pero no he perdido mucho y lo que he perdido, me dolía en el alma. Como siempre me ha costado mucho ganarlo, si pierdo, me castigo.
Una noche no paraba de ganar y me quedé toda la madrugada jugando. Fui al baño y cuando vi mi cara en el espejo, dije: ‘¡Me voy!’. Cuando salí, hasta los taxis se habían ido. Justo pasaba el camión de la leche y en él me monté, llegué a casa sentada en la cabina del camión, entre dos lecheros, simpatiquísimos”. Lola ganó y gastó fortunas. Hasta que un día, la oficina de impuestos, usándola de ejemplo para persuadir al resto de los contribuyentes, le hizo un juicio público por no presentar las declaraciones de rentas en cuatro años. “Eso nos pasa mucho a los artistas, estamos distraídos con nuestras cosillas y vamos dejando de pagar. Ahí tienes a Sofía Loren, que tuvo que irse de Italia por líos de impuestos. Estos sabuesos deberían estar más detrás de gente que hace grandes negociados que de los artistas. ¿No saben dónde encontrarlos? Pues al ladito nomás, en cualquier oficina de gobierno”.
Durante el tiempo que duró el juicio, que fue televisado, en España no se hablaba de otra cosa. El día en que Lola se sentó en el banquillo a prestar declaración durante 13 horas se paralizó el país. “Me han sentado en el banquillo como si fuera una asesina, se olvidan de las divisas que yo le genero a España”, dijo. Al día siguiente, cuando se volvió a sentar, pidió la palabra: “Tengo algo que decir señor Juez: anoche me he visto en las noticias y esta luz que me ponen es muy mala, así que, a mejorarla, que a Lola de España podrán llevarla a la ruina, pero nunca sacarla fea”. La cifra que le reclamaba la fiscalía era tan descomunal que ella al principio se lo tomó con humor: “Ni vendiendo todos mis bienes, junto ese dinero. Tendría que pedir una moneda a cada español, y si hace falta, pues la pido. Me paro en Puerta del Sol y digo, ‘¡Eh!, una peseta cada uno, pa’ la Lola!’. No creo que me lo vayan a negar…”.
Para pagar la fianza, Lola debió vender su piso de toda la vida, a la mitad de su valor y un terreno que había comprado como inversión. Carmen Sevilla, otra grande de España y muy amiga de ella, contó mucho tiempo después: “Lola tuvo que alquilar un departamento cerca del mío. No tenían derecho a hacer eso con ella, a usarla de conejillo de Indias; era un orgullo nacional, como un Picasso, un Goya o un Velázquez. Creo que ese juicio fue una de las cosas que le aceleró el cáncer”. (Lola fue velada y enterrada con una mantilla blanca de Carmen Sevilla en su cabeza).
Otro episodio, aunque menor, la enfrentó a la justicia. Durante el estreno de un espectáculo, un famoso cómico salió a escena travestido como Lola Flores, haciendo un monólogo que la ridiculizaba. Lola se paró en medio de la representación y comenzó a gritarle al actor y a toda la platea de famosos, pidiéndoles dejar vacía la sala.
Luego salió a la calle a decirle a la gente que hacía cola para comprar entradas que “ni se les ocurriera gastar dinero para ver esa porquería” y de allí se dirigió a camarines para seguir gritándole al actor que “le prohibía volver a imitarla”. El escándalo le valió dos días de arresto en suspenso por “alterar el orden público”. Tras la muerte de Franco, hubo quienes acusaron a Lola y a otras populares estrellas de haber simpatizado con el gobierno del dictador. “Yo viví y trabajé en mi país durante esos 40 años, como los demás españoles. Dónde iba a trabajar sino en mi país. Además, soy una artista, no me interesa la política, yo soy del partido que me dé de comer a mí y a mis hijos, soy Lolaflorista”.
Por ese entonces, se vivía el “destape” español y una revista -cuya tirada agotó 1 millón de ejemplares- la fotografió en topless en su piscina, al filo de cumplir 60 años. Aunque ella jamás aceptó que habían sido consentidas y había recibido una cifra sideral. “Un dolor, oigan. Porque una está presentable, hay que decirlo, pero el caso es que son unas fotos por las que yo, hablando mal y pronto, no cobré ni un duro. La revista escribió cosas muy agradables, como que yo era un patrimonio nacional o algo así, pero las tetas eran mías, de una servidora. Hombre, si me hubieran dado algo, una es una artista, pues vale, adelante, que en el banco lo hubiera puesto pa’ pagar algo… Al fin y al cabo, lo que se han de comer los gusanos, que lo vean los cristianos”.
A TU VERA
Un cristiano que definitivamente gozaba de la estupenda figura de Lola en su madurez era “El Junco”, un bailarín de su compañía que ella había contratado cuando tenía 43 años y él 17. Convertido su matrimonio con Antonio González en una especie de “hermandad”, bajo el mismo techo y con cuartos separados, ella mantuvo durante 28 años una relación clandestina con “El Junco”. Sin embargo, nunca dejó ni humilló a su marido. “Mi marido es el rey de la casa y en eso yo soy muy femenina. El primer plato de comida que se sirve es para él. Yo estoy muy enamorada, pero de mis hijos. Soy mejor madre que artista, aunque se note más lo segundo.
Ellos son mi vida, lo más grande que tengo y lo que más quiero en el mundo. Yo no soy de ir a misa, porque me cuentan muchas cosas que yo ya sé del Evangelio, pero creo en alguien superior y a él le pido que les dé salud, que los ayude y que sigamos juntos… Juntos, que no hay nada como una familia unida”. Sin embargo, Antonio, su hijo varón, artista como sus hermanas Rosario y Lolita, sería el causante del mayor dolor de su vida al no poder controlar su adicción a las drogas, particularmente, la heroína. Era un músico extraordinario, el compositor de la familia. En pareja con la actriz Ana Villa y padre de la hoy actriz Alba Flores, decidió irse a vivir solo a una cabaña que fabricaron en los jardines de “El Lerele”, la residencia de su madre, a quien lo unía un fuertísimo vínculo. Cuando ella lo oía llegar de madrugada, se levantaba de su cama e iba a la cabañita a charlar con su hijo hasta que salía el sol. “Mi hijo es como una gota de agua mía, o sea, que se parece a mí muchísimo, el que más de mis hijos, sólo que en hombre”.
En uno de los tantos momentos dramáticos que se vivieron en el hogar por causa de las drogas, Lola le gritó desgarradoramente “¿Quieres matarte? Dímelo para que nos matemos los dos juntos a la vez ¿Quieres la muerte? Pues vamos los dos juntos, de la mano. ¡Ahora mismo nos tiramos por esa ventana!”. Y mientras lo iba arrastrando, Antonio rompió en llanto: “No, mamá. ¡No!”. Madre e hijo se abrazaron en un mar de lágrimas.
Veinticinco años después de la aparición de aquel quiste y luego de haber luchado todos esos años contra su más grande enemigo, el cáncer de mamas, decidió rechazar los calmantes que tomaba para atenuar horribles dolores. Era una madrugada de mayo de 1996. Una madrugada, como las que disfrutaba con toda la familia cantando y bailando, o jugando con las tragamonedas, o bebiendo, o amando, o tirada en la cama charlando con su hijo. Una madrugada en la que se imaginó cantando sobre el mostrador de la taberna de su padre, cuando tenía cinco años. Sólo que en sus últimos instantes, seguramente, las imágenes se mezclaron y en lugar del aplauso de dos parroquianos, una lluvia de rosas y claveles caía sobre un escenario gigante y una multitud la ovacionaba de pie. Como le sucedió en las seis décadas que abarcó su gloriosa carrera. Sabía que era el momento de partir, aunque no sabía exactamente por qué. Dos semanas después de su muerte, Antonio Flores, su amado hijo, fue encontrado muerto en la cabaña, víctima de una sobredosis de drogas y barbitúricos, pero por sobre todo, víctima de un tremendo agujero negro que significaba la desaparición de su madre. Cuando en un reportaje le preguntaron a Lola cómo le gustaría que fuera su propio funeral, dijo: “Me gusta pensar como los negros, algo en común tengo con ellos, con su mística, con su música. Quisiera que me embalsamen, así me conservo linda como me veo en el espejo. Me imagino dentro del ataúd en un gran escenario, con el teatro a platea llena, atestados los palcos y las tertulias y en la calle una larga cola de gente que espera horas y horas para llegar hasta mí. Mucho mariquita, que me quieren tanto. Y luego que me lleven al cementerio, con una banda detrás, con aire de fiesta dominguera, tocando ‘Que tiene la Zarzamora que a toda hora llora que llora'”. Así fue, tal cual ella lo soñó. Sólo que la multitud y el dolor popular superaron su sueño. El país entero se vistió de luto. Mientras pasaba el cortejo, en un televisor de un bar de tapas, se la podía ver en una de sus últimas entrevistas: “Está claro que no soy una cantante maravillosa como la Jurado, ni una Amaya en el baile. Lo mío es una cosa unida a mi personalidad, a mi sentimiento cuando salgo a escena. Nada más empezar a escuchar la guitarra, mis brazos se alargan mucho más, me crecen alas… Son duendes que están entre el canto, el baile y mi inspiración. Por eso será que no han salido todavía otras Lolas Flores…”. Enamorada de sí misma, de la vida y de su arte, supo vivir como una reina y morir como una diosa, por algo la llamaban “La Faraona”.
Por:
Dany Mañas

Nota original de RollingStones

También te puede interesar: