Abril 18th, 2019
24/03/2019 - Musicales, Rolling Stones

Tribalistas: una comunidad musical que celebra las diferencias con su público

Arnaldo Antunes, Marisa Monte y Carlinhos Brown Crédito: Santiago Filipuzzi

O tribalismo é um anti-movimento/Que vai se desintegrar no próximo momento/O tribalismo pode ser e deve ser o que você quiser”. La frase define el principio efímero del tribalismo, una fantasía colectiva, una utopía de una gran comunidad sonorizada por sus canciones. Quizás por eso pasaron los años para que los

Tribalistas

Arnaldo Antunes, Marisa Monte y Carlinhos Brown salieran de gira.
El proyecto surgió del encuentro compositivo entre estos tres referentes contemporáneos de la música brasileña que editaron un disco en 2002. El álbum Tribalistas fue un fenómeno de ventas en Brasil, tuvo cinco nominaciones al Grammy y canciones como “Ja ser enamorar”, tuvieron un impacto en el mundo pop hispanoparlante.
Pasaron quince años y finalmente con el segundo volumen de Tribalistas, (álbum con nuevas canciones lanzado el año pasado), la superabanda decidió embarcarse en un tour mundial.

Si las canciones se completan con el público, el recital de los Tribalistas en el Luna Park terminó de transformar esa fantasía psicodélica en realidad. Entre lo ancestral y lo futurista, la batida de carnaval y la psicodelia, los Tribalistas crean por unas horas una comunidad integrada con sus diferencias, claroscuros, religiones e influencias culturales, como disparan las visuales del concierto. Muy diferente a la comunidad que pretende el nuevo presidente Jair Bolsonaro, que exalta la discriminación y la xenofobia. El tribalismo a diferencia del tropicalismo no es un movimiento revolucionario sino una construcción efímera de un estado de ánimo de bienestar, y cierto efecto de melancolía permanente, bucólico, que rescata pequeños momentos de felicidad de cada uno.
En lo musical las canciones de los tribalistas están atravesadas por un sincretismo musical y espiritual, donde se cruzan el pop, el samba, el maracatú, la balada, el punk, la música americana y el rock. Cada uno de los tribalistas representan una identidad de esa gran diversidad brasileña. Arnaldo es paolista, Marisa carioca y Carlinhos es bahiano. Eso se nota arriba del escenario desde el primer tema del show con “Tribalistas”. En esa canción pop con ritmo de samba Carlinhos hace volar su pandeiro y Arnaldo hace sonar su silbato como si estuviera en un bloco de carnaval. Mientras Marisa mantiene con su voz cierta elegancia para esa cadencia de una melodía pop-rock brillante. Atrás en la pantalla pasan imágenes de los tres vestidos de carnaval. El recibimiento del público es casi devocional para esos tres figurines finalmente materializados juntos delante de sus ojos como una santísima trinidad.

“Um So” del nuevo disco suena a una continuidad de sus primeras canciones juntos, pero más desarrollada como un nuevo manifiesto sobre las migraciones y la diversidad. Hasta despierta el espíritu punk de Arnaldo Antunes (ex integrante de la banda de rock Titas de los ochenta) que tira patadas al aire, levanta el pie de micrófono y lo da vuelta en el aire. A su lado Marisa parece una esfinge inmutable con su guitarra en la mano cantando con ese fraseo etéreo que equilibra las fuerzas de los tres, y Carlinhos se entretiene jugando como un niño con su set de percusión compuesto por una decena de accesorios que van desde el djembé a las cajitas musicales.
Carlinhos es la energía que arenga en el concierto. La que bautiza a todo el público como tribalistas, para que formen parte de esa comunidad efímera y utópica.
El grupo crea una atmósfera de saudade con un segmento de canciones más melancólicas como “Vilarejo”, “Anjo da guarda”, “Fora da memoria”, que hablan de lo perdido y lo recuperado. “Una fantasía para recordar todo el día”, cantan a tres voces. El grupo alterna temas de los dos discos de los Tribalistas con los temas que compusieron juntos durante veinticinco años y rescata la bella “Agua também é mar”, que inauguró esta parceria en trío: esa canción fue la que ensambló esas tres identidades y esas tres formas de componer en una nueva energía llamada tribalistas.

“Velha infância”, suena a nacimiento. Sonidos de cuernos. Anuncios de cajas mágicas. Una canción que es tan mansa y delicada como una nana antigua para el planeta tierra. Aparece otro hit del grupo en “Carnalismo”, que despierta una nueva ovación exaltada por un exaltado Carlinhos que excita al publico y hasta desarregla el clima medio tempo del tema, pero eso no importa. El publico llevaba tiempo esperando cantar esa canción en vivo y ellos también.
El grupo flota con suavidad en melodías lentas como “É vocé” y “Aliança”, casi herederas del susurro de la bossa nova, la balada cercana a Roberto Carlos y llenas de campanitas como un musical americano de los 50.
El trío se para sólidamente sobre la base de Pedro Baby en guitarra, Dadi en bajo, teclado y guitarra, Marcelo Costa en batería y Nethino en percusión y cavaquinho.
En el concierto, hay también momentos flashback, que rescatan los primeros discos de Marisa Monte como “Não é fácil, uno de sus primeros clásicos con perfume a soul y un groove sensual cercano a Marvin Gaye.
“Lá de longe”, en cambio sumerge en un viaje psicodélico, desde el sonido y las visuales donde aparece el polvo de estrellas que vuela en la galaxia, que parece surgido del disco de Ziggy Stardust.
Carlinhos habla sobre la fuerza creativa que hay en las favelas y la memoria musical que se preserva en las familias. Hace silbar al público, como manera de evocar la memoria propia y larga con el samba “Universo au meu redor”, donde Arnaldo y Marisa terminan danzando como si estuvieran en una roda de samba. El mismo efecto bailable en el público, que se para de sus asientos llega en “Infinito particular”, una canción con aire de samba y cadencia de guajira

Un tema como “Paradeiro” parece hijo directo del tropicalismo y de Caetano Veloso y trae a la memoria tracks como “Reconvexo”. Luego “Amor i love you”, otro clásico de Marisa de la primera época, exalta las propiedades de Antunes que recita un poema de un amor imposible. “Depois”, otra balada romántica, provoca el efecto celulares encendidos, que pintan una pequeña galaxia de estrellas bajo el techo cubierto del Luna Park. Hay un clima de éxtasis. Los tribalistas no saben como agradecer. Entonces cantan dos hits de su primer disco: “Passe em casa”, beatle y tropicalista, y “Já sei namorar”, un pop brillante que es como su himno espiritual y poptimista. “Eu sou de ninguém/Eu sou de todo mundo/E todo mundo me quer bem/Eu sou de ninguém/Eu sou de todo mundo/E todo mundo é meu também”. Todos cantan el estribillo adhiriendo a esa comunidad global y efímera que encarna Tribalistas por una noche, o por el tiempo que sigan flotando en el aire sus canciones.
Quedará el baile final en el bis, donde Marisa hace gritar a la tribu como si estuviera en guerra. Pero en verdad lo único que hace es celebrar la hermandad tribal cuando se une junto al resto de sus compañeros de banda en un baile ritual y ancestral. Todos abrazados, todos unidos, aunque sean diferentes y particulares.
Por:
Gabriel Plaza

Nota original de RollingStones

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