Noviembre 24th, 2017
05/09/2017 - Sin categoría

Paz y amor

Siria logró una agónica clasificación al repechaje asiático y le dio una alegría a un país en guerra que, a pesar de profesar distintas ideologías, se unió para apoyar a su selección. 

Abrí el buscador de imágenes con el fin de encontrar una para ilustrar la nota. Escribí Siria, pero no apareció nada de fútbol. La primera postal reflejaba a un hombre con el brazo mutilado, inmediatamente al lado aparecía una de un funeral y la tercera ya mostraba a cuatro personas vestidas con ropas militares y sus respectivas AK-47 en sus manos. Repetí el ejercicio pero, otra vez, no hubo nada de fútbol.

En nuestro micromundo del deporte Siria logró una epopeya histórica. En la última jugada Omar Al Somah consiguió el histórico gol que le dio el empate 2-2 ante Irán para así igualar la línea de Uzbekistan. Y, por diferencia de gol, justamente por ese gol, los sirios alcanzaron el tercer lugar de la tabla y se metieron en el repechaje asiático para ir al Mundial. Sí, todavía falta, y mucho, pero por esa conversión agónica el sueño aún está vivo y eso no es menor para esta nación.

Siria es un estado que desde 2011 vive en guerra permanente. El país es gobernado hace 17 años por Bashar al-Asad, quien a la vez sucedió a su padre, quien fuera presidente por 29 años hasta el día de su muerte. Gran parte del territorio es controlado por grupos opositores al gobierno que directamente no reconocen al Estado y a la vez están divididos en distintas facciones, lo que genera un sinfín de enfrentamientos armados constantes.

El conflicto, que parece no tener solución, encontró su zona de paz en el fútbol. Sonó el pitazo inicial del duelo frente a Irán y la calma reinó en Siria durante dos horas. Kurdos, rebeldes, oficialistas, todos pararon para ver el partido y pidieron por un mismo objetivo: la clasificación de su país a un Mundial.

Por la guerra, hace siete años que Siria no puede hacer de local en su país. El último partido en su tierra fue el 22/12/2010 ante Irak (0-1). Durante estas Eliminatorias jugó en el Hang Jebat, ubicado en la ciudad de Malacca, Malasia. Por lo tanto, su gente tampoco pudo disfrutar del equipo a lo largo del torneo. Sólo les quedaba la televisión para poder sentirse parte. 

Con todas estas adversidades a cuestas, estos jugadores consiguieron lo que ningún mandatario ni miembro de la ONU pudo: darle dos horas de paz a un país que lloró, pero esta vez de alegría.

Nota original de Ole

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