Agosto 18th, 2017
08/09/2015 - Nacionales, TN Nacionales

Sabatini fue mucho más que sus éxitos: jugaba a otra cosa

Las estadísticas no sirven para explicar todo. El recorrido por los grandes logros de Gabriela Sabatini (sus 27 títulos como profesional incluyendo este US Open del que hoy se cumplen 25 años, dos Masters, una medalla de plata olímpica en Seúl 88 y hasta un título de dobles en Wimbledon) no alcanza ni remotamente para dar dimensión de su carrera. Porque Gabriela fue mucho más que sus éxitos. Y eso, que durante mucho tiempo fue una suerte de lastre para ella, hoy es un motivo de reconocimiento.

Porque Gabriela tuvo que soportar durante sus doce años como profesional la demanda constante de buena parte de un país que le reclamaba que sus resultados estaban por debajo de sus posibilidades. Y hoy, con más serenidad, nadie puede dudar que reducir lo que hizo Gabriela a los torneos que ganó es, no sólo una injusticia. Es una mirada sesgada y miope sobre una deportista extraordinaria.

Para los jóvenes que no la vieron, es fundamental explicar que Gabriela jugaba a "otra cosa". Que su tenis exquisito nada tiene que ver con este tenis femenino repetido e insufrible de hoy, en el que todas las chicas juegan más o menos parecido, con golpes lineales, sin efecto y a dos manos, y sólo se diferencian por los decibeles de sus alaridos. Gabriela tenía todo: un revés exquisito, una derecha variada, talento para jugar en la red y sutilezas que ya no existen. ¿O alguien ve tirar un drop en el tenis femenino de la actualidad?

Pero además, Gabriela no sólo fue, durante una década, una de las tres mejores jugadoras del mundo. Además, lo hizo en una época en la que debió enfrentar a las mejores de toda la historia. Salvo Serena, todas las grandes le tocaron en su carrera. Porque cuando saltó al circuito profesional (en 1984, después de coronarse como campeona mundial junior), brillaban Martina Navratilova y Chris Evert. Y fue contemporánea de toda la carrera de Steffi Graf y Arantxa Sánchez. Y después llegó Monica Seles. Y en el final de su carrera, Martina Hingis. Gabriela jugó mano a mano con todas y a todas les ganó.

Es difícil precisar si en aquel US Open de 1990 Gabriela jugó el mejor tenis de su carrera. Hubo, quizá, momentos más brillantes aún. Pero indudablemente fue en aquellos años con el brasileño Carlos Kirmayr como entrenador cuando alcanzó su nivel más alto. El tiempo permite dejar atrás algunas confusiones. Recordar a Gabriela y aquel título en New York, una ciudad que la adoraba, es volver a su personalidad completamente despojada de gestos vanidosos, a su enorme tenis. Y a la vez, es olvidar las absurdas polémicas acerca de si debió ser la número uno del mundo y por qué no lo logró. Porque Gabriela fue una número uno. Digan lo que digan las estadísticas.

Nota original de TN

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