Agosto 22nd, 2017

La fantasía de ser turista por un día en Buenos Aires

Quizás todo se reduzca a desconectar y abrir los sentidos. Lo mismo que hacemos –o intentamos hacer– cuando estamos de vacaciones. De viaje en el exterior, el costo del roaming nos impone la desconexión del celular y el Facebook sólo se chequea cuando hay Wi-Fi. Y a lo mejor eso influye en que miremos más, olamos más, escuchemos más. Viajar, es una obviedad, nos estimula a conocer. ¿Es posible vivir esa misma experiencia en la propia ciudad que uno camina todos los días?

Vamos a probarlo. La inmersión incluye abandonar a la familia 24 horas, armar la valijita y llegar al hotel, como si fuera Londres o Roma, cualquier gran capital. En el mostrador, nos recibe una recepcionista china, para profundizar la sensación exterior. Hay una razón: ante el boom de turistas orientales, incorporaron personal de su mismo origen.

Tarjetas magnéticas y ascensor hasta la habitación del piso 16. La vista del ventanal es el primer impacto: las cúpulas de Montserrat, el reloj de la Legislatura, las torres de Puerto Madero, los carteles de LED y hasta el Obelisco se distinguen en una panorámica que deja sin aliento.

La habitación del piso 16

Los edificios y la torre de la Legislatura, vistos desde el ventanal

“Turista en tu ciudad” es un paquete que desde hace pocos meses el hotel Intercontinental ofrece a los porteños. La propuesta es desconectarse un fin de semana sin necesidad de irse lejos y ver Buenos Aires como un turista. El siguiente paso, luego de desempacar, es salir a la calle.

Un papelito sobre el escritorio da consejos justamente para eso. “EVITE CONTACTO DIRECTO CON PERSONAS EXTRAÑAS QUE PUEDAN ACERCARSE A OFRECER AYUDA PARA QUITAR LAS MANCHAS DE LIQUIDO PREVIAMENTE ROCIADO EN SU PERSONA”, dice así, en mayúsculas, la recomendación más destacada. Nada que alguien que vive cerca de Constitución no haya tenido que aprender.

Si hay que sentirse realmente turista, hay que subirse al bus turístico. Poca gente, seguramente por la amenaza de lluvia. Y todos con los auriculares puestos. Con música de tango, el locutor nos va contando por dónde estamos pasando, pero nos resta la posibilidad de interactuar, de saber qué ve el otro que uno no está viendo. Sirve para el juego, en un punto: concentrarnos en nosotros y en el entorno, y en qué nos pasa con él.

Salimos desde Diagonal Norte y Florida, y en breve el micro toma la Avenida de Mayo. El primer piso y su vista abierta permiten hacer lo que en el contexto habitual es imposible: caminar mirando hacia arriba. Aquí van pasando las cúpulas magníficas, las ornamentaciones de los balcones, la belleza dantesca del Barolo, todo delante de nuestros ojos para descubrir que la avenida de tanta historia, marchas y protestas probablemente sea una de las más hermosas de nuestra ciudad.

La cúpula del Barolo asoma entre los árboles de Avenida de Mayo

Ahora enfilamos hacia La Boca. Las cúpulas de la Iglesia Ortodoxa Griega se recortan sobre el baldío de Paseo Colón y Brasil y forman una postal de colores con los edificios que las rodean y los árboles. La Usina del Arte se impone y me hace definir por qué, sí, es mi edificio favorito de Buenos Aires (al menos hasta que, un rato después, ver la proa del Kavanagh destacarse sobre plaza San Martín al atardecer me lo haga cuestionar). La Bombonera se levanta, gigante, cuando doblamos por Del Valle Iberlucea, y aunque no simpatice con Boca Juniors, la mística de ese edificio y ese barrio permiten entender por qué todos los extranjeros se vuelven locos con el azul y oro (y es la parada donde más se bajan). El único descanso del recorrido será en El Estaño, bar notable que hace tiempo conocí azarosamente y que es una joyita oculta. Me quedo mirando las botellas antiguas sobre el mostrador, encima de la barra de estaño, transportada en el tiempo, hasta que el guía nos vuelve a subir.

Colores. Las cúpulas de la Iglesia Ortodoxa Griega

Llovizna ahora, y empieza a atardecer. La ciudad gris se va encendiendo con sus luces. El micro la cruza de Sur a Norte, encadenando sus múltiples perfiles: los recuerdos del fabril, en la avenida Patricios; el histórico en el inicio de San Telmo; la vanguardia de Madero Este; las diferentes definiciones de modernidad en Retiro; la distinción de Recoleta; el verde de Palermo; el multicultural en el Barrio Chino de Belgrano. Volvemos desandando el camino, ya noche cerrada, y los LED del Metrobus nos reciben en 9 de Julio. Como despedida, vale asomarse cuando el bus rodea el Obelisco y obtener una postal perfecta de nuestro emblema.

Leé también: Diez joyas para redescubrir la antigua Buenos Aires

Terminada la excursión, nos queda la vida de hotel. Qué lindo cumplir la fantasía que tiene todo el que viaja poco: vivir más días en estos espacios de confort. Al regresar a la habitación, la cama abierta y, sobre la mesa de luz, un típico alfajor argentino y un cartelito que nos avisa cómo estará el tiempo mañana. El sueño es un experiencia en sí misma: no sé si es la resistencia óptima del colchón o lo mullido del edredón, pero los ojos se cierran como los de un bebé acunado por mamá. A la mañana siguiente, el desayuno será otra experiencia, inabarcable. Hay que convertirlo en un brunch para justificarse y probar las medialunas, los quesos, las frutas, y lo que se esconde en cada cazuela: huevos, bacon, vegetales, jamón, hasta papas doradas. Paseo intenso quema-calorías por la feria de San Telmo y la Plaza de Mayo, regreso y unas brazadas en la amplia pileta para distender los músculos de la caminata. Y la fantasía llega a su fin. Hacer el check out y guardarse la tarjeta magnética, recuerdo de un viaje, de una porteña por Buenos Aires.

Nota original de Clarin

También te puede interesar: