Junio 26th, 2017

El desesperado esfuerzo de los refugiados para hallar un hogar

Sufrieron represión, bombardeos y desplazamientos forzosos. Tuvieron que huir de sus casas, vieron morir a vecinos, amigos y, en algunos casos, a familiares. Algunos llevan años viviendo en países metidos en guerras –como Iraq, Afganistán o Siria- o sufriendo la represión de feroces dictaduras, como en Eritrea. 

Lo dejaron todo atrás, su trabajo, sus casas, sus libros, sus escuelas … porque su vida estaba en peligro. Durante años su huida acababa en un campo de refugiados gestionado con medios insuficiente por la ONU en Turquía, Líbano, Jordania o Kenia. Pero esos países no pueden más. La situación en esos campos es cada vez más grave y poco a poco creció el número de quienes decidieron seguir el viaje hasta una Europa que consideran un lugar seguro en el que podrán prosperar y sus hijos tendrán un futuro. 

“La ruta de los Balcanes”, como se ha dado a conocer el camino que desde Grecia atraviesa Macedonia y Serbia para entrar en la Unión Europea por Hungría y seguir hacia el norte, llegó a las portadas de la prensa mundial en las últimas semanas. Fue cuando el flujo se desbordó y en lugar de unos pocos centenares, a las islas griegas cercanas a Turquía llegaron por miles. 

Jugándose la vida en gomones que zarandea el mar, como el pequeño Aylan Kurdi, el nene sirio de 3 años cuyo cadáver fotografiado, empujado por las olas hacia una playa turca cuando intentaba llegar a una isla griega, conmovió al mundo. Esa imagen ayudó a despertar las conciencias, si no de la clase política, sí de la ciudadanía. 

Hay miles de Aylan en los caminos que unen el sur de los Balcanes con el norte de Europa. Niños, algunos de meses, siempre los niños. Lavándose en una fuente en Belgrado, llorando cansados de la mano de sus padres mientras caminan sobre una vía de tren entre Serbia y Hungría; muertos de miedo en una barcaza en el Mediterráneo; correteando tras una pelota en la estación de trenes Keleti de Budapest. Algunos tan pequeños que en unos años no tendrán memoria de esa odisea más allá de las fotos que les sacan sus padres.

Clarín hizo esta semana una parte de esa ruta, en trenes, colectivos, taxis y a veces a pie, desde Belgrado hasta Budapest, siguiendo a familias sirias, a grupos de jóvenes afganos, hablando con organizaciones humanitarias, cuerpos policiales y, sobre todo, con personas dispuestas a todo con tal de huir del infierno que dejaron atrás. 

Su determinación para llegar a sus destinos preferidos, los países europeos que creen que les recibirán mejor, como Austria, Suecia, Holanda, Bélgica y, principalmente, Alemania, es conmovedora. Sus historias son terribles. Su futuro una incógnita. 

Belgrado los cuidó. El gobierno serbio sabe que no se quieren quedar en el país, pero la policía los recibe con buenos modos al sur del país, en Preshevo. Cuando llegan a Belgrado, tras horas en colectivos, reciben ayuda. De jóvenes como Anna, de la Cruz Roja, que atiende las enfermedades y heridas más comunes. Pero ahí apenas se quedan e intentan alcanzar un tren al norte lo más rápido posible, como los siete amigos del afgano Akram, tipos serios, flacos, de la minoría hazara, perseguida en Afganistán. 

Akram y sus amigos, tras dos meses de viaje, aceptaron al periodista para hacer los últimos kilómetros que separan la pequeña Horgos, en Serbia, con la barrera de alambre de púas que Hungría construye a marchas forzadas. Por esa vía del ferrocarril que se hizo famosa en esta crisis, Akram y su grupo, ofrecen de su comida al periodista. Jóvenes que saben que probablemente la policía los detenga en la frontera y los lleve a un dantesco campo de refugiados en Röszke, del que escaparán dos días después.

Hungría, el país más hostil a los refugiados, que criminaliza darles ayuda e intentó encerrarlos en campos, y usó perros y gases para controlarlos. Como si los gases y los perros fueron a ablandar a tipos como Rafik, un tipo que dice haber visto niños decapitados, que tiene 20 años de edad y demoró 25 días en llegar desde Raqqa –capital siria del ISIS- a Budapest y al que intentaron detenerle su aventura. 

Rafik, que había hablado con este periodista el jueves por la noche cuando ayudaba a los voluntarios de Migration Aid a preparar la proyección de “Tom y Jerry” en una pantalla gigante porque dice que sabía utilizar el proyector y que quiere ser periodista, “pero no como tú con tu libretista, quiero una cámara de televisión como esas” y señalaba a un equipo de la BBC.

Una película infantil para hacer reír a los niños. A nenas como Awiza, afgana, 4 años, a quien sus padres por más de 30 minutos intentaron hacerla sonreír para una foto. Y no sonreía, no lloraba, sólo pintaba. Su padre contó que la pequeña, la menor de tres hermanos, “vio de todo en nuestro país”.

Rafik, el mismo que sonreía la mañana del viernes cuando se volvió a encontrar con el periodista, que lo buscaba a sabiendas de que habla bien inglés y su carácter extrovertido ayuda a contactar con familias más reticentes o más tímidas. Rafik le había pedido el número de celular al periodista “ así te voy contando”.

“Nos vamos amigo, ven con nosotros, nos vamos a pie hasta Austria”. Y sonreía.

¿Sabes que son casi 250 kilómetros? ¿Van a llevar a los niños, a las mujeres?

“Da igual, tardaremos días, pero llegaremos y allí no hay valla”. Puro coraje.

Rafik, el mismo Rafik que el sábado por la mañana le envió al cronista un mensaje desde un número de celular alemán contando que había caminado casi 50 kilómetros, y conseguido subir a uno de los primeros colectivos, que el viernes de madrugada pasó la frontera. Y que llegó a Viena en la mañana temprano y poco después estaba en un tren camino a Múnich: “te lo dije, teníamos que caminar”.

Nota original de Clarin

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